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El hombre que había olvidado

El hombre que había olvidado
Título El hombre que había olvidado
Autor Carlos Droguett
Año de edición 1968
Páginas 275
ISBN

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Sinopsis:

Los jugadores suenan fríos en la radio,
afuera llueve, en el campo, en el pasto,
en arena rubia del estadio está lloviendo
papá gol, gol de Colo-Colo,
me grita mi hijo desde dentro de la radio,
corriendo por el agua,
la radio está encendida en medio de la lluvia,
golpeada por los jugadores silenciosos
y por los gritos furiosos que rodean la cancha,
los goles se amontonan en la puerta, 
el viento se amontona en la puerta,
hay un jugador herido amontonado en la puerta,
tapandola cno su terrible quejido, con su temprana fiebre,
veo los algodones; papá, veo los algodones,
me dice mi hijo, extrañado, pero minucioso,
sin embargo, fue un gol legítimo,
es un herido legítimo, una herida limpiamente elaborada,
el viento, el temporal, suenan perfectos en ella
y casi orgullosos,
los relampagos se encienden a su alrededor
dejandola con mesura frescamente a la sombra,
la radio está sonando, va navegando por el medio del agua,
contoneándose como una puta agradable recien pagada,
al otro lado de las galerías,
donde se alzan las banderas
y las brisas desnudas
y los gritos despeinados de los fanáticos
y las casas pobres ahogadas en el barro
el viento está lleno de rostros mojados,
gravemente enfermos y llenos de salud astral,
de gritos airados y gargantas llenas de cuchillos y amenazas,
de pequeños presagios, de heridas nuevas y de silbatos,
de los primeros brotes vegetales y helados,
de la helada primavera, 
de sus pobres flores sarcásticamente feas e indemnes.
hace calor, papá, luego jugarán de noche,
me dice mi hijo y apaga la radio
para que escuche la lluvia y saque mi antigua consecuencia,
él sabe que soy viejo y sé más cosas que él,
que en cada hecho, en cada grito, en cada gol y en cada herido
puedo mostrarle mensajes generales de los hechos del mundo,
entonces apaga la radio y me queda mirando,
esperando que la explicación caiga exacta,
como una gota de sudor de mi frente cansada,
garrapateada apresuradamente por la vida,
de mi boca cansada, afilada como un puñal de parricida prófugo,
de mis ojos cansados, pero abiertos,
la radio está apagada, pero abierta de par en par, como mis ojos,
veo por ella el viento en el estadio,
las galerías solas,
los gritos aplastados en el suelo,
los pasadizos húmedos y abandonados,
son como caderas célibes y bastas,
como las del buey de la barraca, 
como las del caballo de la panadería,
como las de la señora Tránsito, que murió ayer
en su vieja casa en ruinas,
donde murió su hija Charo, con su útero en ruinas
en el pasado invierno.
En medio de la cancha empapada y verde
vuelan papeles, hojas, gritos mojados y rotos para siempre,
los maderos, cruzados en lo alto dle patio,
se han quedados solos como la postrera puerta de la vida,
puerta rota, puerta violada, envilecida,
son los maderos, digo, son los maderos, son ellos, dios,
dios mío, y están mojados, pero sólo de lluvia, 
de agua y no de sangre, 
pero todo da ya lo mismo, es lo mismo ya,
el mismo cansancio, el mismo tiempo perdido, despilfarrado,
están solos, completamente solos, 
solos por toda una temporada, para siempre jamás amén,
ha terminado el juego, niños, 
señores, no se reciben más apuestas,
ya no hay más juego, ya se fue el público,
se fueron ya los jugadores discutiendo con el árbitro
y los carabineros verdes y empapados,
arriba, en la lluvia y en el viento, quedan solos
los tres maderos, amontonados como una cruz modernizada y frágil,
como la cruz después que Cristo bajó a dormir su sueño frío
en su tumba de piedra, entre paños perfumados
y vendas y medias y ropas de jugadores duros
llenos de marcas y de cicatrices.